miércoles, 6 de septiembre de 2006

Recuerdos de viaje 2

Quien camina por Manhattan no puede sumergirse demasiado en sí mismo, ni complacerse en la lentitud apacible de una excursión rural, a no ser que elija para su itinerario los senderos de Central Park o el largo paseo que se va prolongando por la orilla del Hudson, desde más arriba de la calle 42 hasta la punta sur de la isla, junto a los muelles donde en otros tiempos atracaban los transatlánticos. La agitación de lo que sucede a su alrededor se le contagia a uno, le impide perderse en sus fabulaciones, le fuerza a caminar más aprisa, casi a correr para cruzar una calle antes de que el semáforo se le ponga en rojo, y a prestar atención, si no quiere chocar con alguien o ser atropellado, o provocar la ira de quien camina tras él y se ve momentáneamente rezagado por su lentitud.
Cada tarde, cuando salgo a la Quinta Avenida después de la clase, observo con tristeza, con lejanía de mí mismo, que el cielo está un poco más oscuro que el día anterior a esta misma hora, que la gente lleva más ropa de abrigo y las hojas amarillas de los grandes plátanos de Bryant Park ya abundan en el suelo más que en las ramas.
Ahora, al salir solo a la calle, me dejo llevar por el anonimato y la premura de Manhattan, me disuelvo entre los desconocidos que pueblan las aceras en la hora anfibia del anochecer, mientras al fondo de la calle, al oeste, todavía queda un resplandor azulado y rojizo de crepúsculo, más tenue que el letrero vertical que acaba de encenderse con parpadeos escarlata en la fachada de un hotel. Un dirigible iluminado cruza muy lentamente el cielo violeta del este, al fondo de la perspectiva recta de una calle, sobre la bruma del East River.
(ANTONIO MUÑOZ MOLINA. Ventanas de Manhattan. Págs 213-215)
(Recuerdos de viaje 2)

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