lunes, 30 de octubre de 2006

El mariscal Grouchy

Cuentan de Napoleón que estando ante la batalla en la que iba a decidirse su futuro y el de toda la Europa central decidió, en un movimiento de estratega brillante, dividir su ejército y destinar una parte de éste a la tarea de perseguir al ejército prusiano. Los ingleses, al mando de Wellington, se atrincheraban en las cumbres de Quatre-Bras y el mayor temor de Napoleón no era otro que la posible unión de ingleses y prusianos, ejército éste último que avanzaba errante en búsqueda de sus aliados ingleses. A tal efecto, Napoleón confió el mando de ese ejército de acoso al mariscal Grouchy, hombre medio, honrado, íntegro, recto, de confianza. Un jefe de caballería, muy experimentado, pero tan sólo eso, un jefe de caballería, nada más.

Durante la mañana del día 18 de junio de 1815, el mariscal Grouchy, a pesar del sonido de cañones y baterías disparando a lo lejos y a pesar de los deseos de sus subalternos –il faut marcher au canon!- decide continuar acatando las órdenes de su superior y seguir tras la pista de un invisible ejército prusiano al mando de Blücher, quien mediante un rápido movimiento, aguarda ya el momento de incorporar a sus hombres a la batalla en Quatre-Bras. La historia universal decidida en un instante. Los hombres de Blücher han conseguido unirse al ejército de Wellington y combaten contra un ejército francés que acusa fatalmente la ausencia de las tropas de Grouchy. Es el fin de Napoleón.

A veces, el destino se echa a los pies de algún indolente. A veces, el hilo de la fatalidad cae en manos de algunos hombres, hombres que estremecidos, dejan que el destino que les ha caído encima se les escape entre las manos. Demasiado tarde para Grouchy. Para siempre. Siente que nada puede devolverle aquel momento que le hizo dueño del destino, pero del que no estuvo a la altura.

Demasiado tarde para Grouchy, pero no para nosotros; en nuestras manos está, a menos de cuarenta y ocho horas, que el destino no vuelva a caer en manos de un buen hombre, honrado, íntegro, recto, de confianza. Un gestor, muy experimentado, pero tan sólo eso, un gestor, nada más. En nuestras manos está, repito, la decisión de entregar las llaves de nuestro destino a un hombre que, muy probablemente, no esté a la altura de las circunstancias.

Lo siento candidato Montilla.
(Algunas ideas se recogen en "Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas" de Stefan Zweig).

1 comentario:

Visky dijo...

Leí hace poco un libro en el que se contaba la clave del liderazgo, y de como hacer para obtener un beneficios de un equipo.
Se decía en la lectura que el gran reto de un líder no es saber más que todos sus subalternos. Al contrario, debe saber rodearse de gente que sepa un poco más que él de un campo específico. Si eso ocurre, el resultado de un quipo puede ser brillante siempre y que su líder haya sabido gestionar esa brillantez.
Lo leí de un libro de management deportivo cuyo autor és quizás uno de los tipos más reconocidos en la materia.

También escuché hace poco la siguiente frase: "Miri, a mi m'agrada molt anar al teatre. Pero no m'agrada fer teatre."

En las próximas elecciones hay líderes que parecen no estar a la altura, y líderes que se creen estar más allá de la altura. Líderes que les gustaría rodear la altura, y líderes que les gustaría atravesarla para ahorrar camino. Al final, lo que más cuenta no són sus líderes, sino el equipo que los secunda, y como van a reaccionar ante los imprevistos. Porque para hacer lo previsto, ya sabemos que son buenos... y algunos ni para eso.